Tengo miedo y no se de qué


La naturaleza ha diseñado una serie de mecanismos de aprendizaje que nos sirven para optimizar y mejorar los procesos de adaptación, defensa y aprovechamiento la naturaleza. Uno de estos mecanismos es la manera como procesamos información y, aunque el cerebro es tremenda máquina cuántica, también tiene unas características particulares que no dejan de ser retos.

La manera cómo el cerebro aprende hace que una vez aprendido algo lo podamos mantener en automático como respuesta a lo que sucede. Este mecanismo optimiza todos los procesos; es decir, no me detengo a pensar si veo un dinosaurio enrome que ya se comió a algún miembro de mi clan si efectivamente me va a comer a mi. No lo analizo mucho, sobre todo si la situación implica un riesgo para mi vida. Entonces ante una amenaza que en el pasado hemos calificado como real y que gracias a nuestro comportamiento hemos sorteado con éxito, en la actualidad de manera automática que llamaremos de aquí en adelante instintiva, haremos lo mismo que hicimos antes con tal de salvarnos.

Como la amenaza es grande, entonces la primera opción, sin mucho análisis sería correr. En caso de que nos sintiéramos atrapados, probablemente la respuesta será luchar, hasta el último aliento por la vida, todos lo haríamos, todos. Tanto es así, que se sabe que cuando una persona se está ahogando no respeta dignidad ni parentesco, porque todo su ser va en automático para proteger su vida cobrando sin importar la vida del que esté al lado.

En primera instancia el miedo nos hace reaccionar, eso está bien… pero ¿el miedo a qué? Nuestro miedo empieza a ser irracional cuando es desproporcionado a la amenaza; un miedo al dinosaurio que ya está extinto y que sin embargo vemos en cada historia que aparece en las redes sociales, en la televisión, con nuestras conversaciones familiares, contado por nuestros dirigentes. Un miedo que transformamos y viralizamos a través de nuestras propias palabras, likes y reenvíos avisándonos que este monstruo se acerca y quiere devorarnos.

Cómo en realidad el monstruo no es como lo pintan, porque el enemigo somos nosotros mismos, con nuestro hábitos insanos, desamor, toxicidad emocional personal, ambiental, social… hemos llegado al ridículo de la guerra del papel, pero del papel higiénico. Nuestro instinto está totalmente perdido, no sabe en realidad qué temer.

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